Cierro los ojos. Recuerdo. Siento. Vuelvo a ser niña, se acabaron las preocupaciones, los sueños imposibles. Se acabaron las responsabilidades, se acabó el miedo.
Siete años, sonrisa permanente. Teníamos todo, éramos princesas, esas de los cuentos de Disney. Jugábamos, reíamos, cantábamos… Es curioso, cuando somos niños no necesitamos nada, un montón de arena, una comba, unas tizas y con eso podemos sentirnos los más afortunados del mundo. Si lo pienso solo puedo sonreír. Al igual que hacía en esa época. Sin nada, pero con ELLA. El mismo montón de arena pero a su lado, la misma comba pero ella saltando conmigo, las mismas tizas pero sus dibujos junto a los míos. Y la nada se convirtió en todo. Todo lo que ella era para mí, todo lo que éramos capaces de hacer juntas, todo lo que somos hoy en día, todo lo que ha significado. Todo lo que vamos a vivir, todo lo vivido. Todos los recuerdos. TODO.Una vida no es nada sin una infancia. Y una infancia no es nada sin toda una vida.

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